viernes 14 de agosto de 2020

El Opus Dei en Galicia [Vigo, Coruña, Lugo, Orense, Santiago, Ferrol, Pontevedra]

Algunos rasgos de esta realidad de la Iglesia Católica en tierras gallegas
1. San Josemaría en Galicia
2. Los primeros miembros del Opus Dei en Galicia
3. El carisma del Opus Dei en Galicia
4. Luchar cada día por mejorar
5. ¿Qué persigue el Opus Dei?
6. Camino y Via Crucis en gallego
7. Cooperadores gallegos del Opus Dei
8. Beatificación y canonización del Fundador
9. El Prelado del Opus Dei en Galicia, 1995
10. Algunas iniciativas de evangelización en Galicia
11. Al servicio de la mujer gallega
12. Para la formación y educación de los hijos
13. Buscando soluciones de futuro para el campo gallego
14. Cauces de solidaridad

lunes 10 de agosto de 2020

[Opus Dei] Libros


San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, no pretendió escribir una amplia bibliografía, no fue un autor prolífico en el sentido tradicional de la palabra. Sus principales obras quedaron grabadas en el alma de cada uno de sus hijos e hijas, que él mismo forjó con la Gracia del Espíritu Santo.

Podemos clasificar la Obra de san Josemaría de la siguiente manera:

  • A. Escritos de san Josemaría Escrivá.
  • B. Biografías sobre el fundador del Opus Dei.
  • C. Libros sobre la historia del Opus Dei.
  • D. Libros sobre personas del Opus Dei.
  • E. Testimonios sobre san Josemaría Escrivá
  • F. Estudios sobre el Opus Dei y su fundador.

miércoles 29 de abril de 2020

[Opus Dei Galicia]: La Coruña, Lugo, Orense, Pontevedra, Santiago, Ferrol y Vigo

Iniciativas del Opus Dei en Galicia

Las actividades de las Asociaciones impulsadas por personas del Opus Dei en Galicia son múltiples y variadas según las características propias de cada persona y adecuándose a las necesidades de la ciudad en la que viven. Así, desarrollan actividades de solidaridad, deportivas, culturales y de tiempo libre en general, dirigidas a personas de todas las edades, desde chicos y chicas de 10 años, hasta personas ya maduras, de más de 90 años de edad.

Con gente joven podemos hablar de la Asociación Juvenil Doira [Opus Dei Vigo], que destaca por sus actividades en el campo de la investigación científica y tecnológica. Durante muchos años han desarrollado una actividad conocida como Las Jornadas de Jóvenes Científicos, en las que chicos de ESO y BAC han diseñado distintos prototipos tecnológicos: un minisatélite, cohete, un avión para la detección de incendios forestales, etc. Son muchos los premios que han ganado: investigación juvenil de la Diputación de Pontevedra, Certamen de Jóvenes investigadores de Málaga, Tercer puesto en el Certamen ARLISS, un concurso internacional que reúne a estudiantes universitarios de Estados Unidos, Canadá y Japón, etc., etc., etc.

[Opus Dei Galicia] para chicos:
Club Albeiro - Vigo
Colegio Mayor La Estila - Santiago
ADAFYC - Doira - Vigo
Club juvenil Roiba - Ferrol
Asociación Senra - Santiago
Club Juvenil Rueiro - La Coruña
Tambre - Pontevedra

[Opus Dei Galicia] para chicas:
Asociación Juvenil Abiria - La Coruña
Colegio Mayor Arosa - Santiago
Centro educativo Aloya - Vigo
Asociación Juvenil Beiramar - Vigo
Asociación Rúa Nueva - Santiago
Club Aboal - Vigo
Belmar - Pontevedra

lunes 23 de agosto de 2010

Humildad: la verdad sobre uno mismo

"La humildad es el rechazo de las apariencias y de la superficialidad; es la expresión de la profundidad del espíritu humano; es condición de su grandeza"
Juan Pablo II

En la vida se presenta a veces dos caminos: el de la humildad o el de la soberbia; el primero siempre tiene un final feliz, el segundo acaba mal. Este valor lleva a la persona a conocer y aceptar la realidad de su vida, sin subestimarse ni creerse superior a los demás.

La humildad es la actitud derivada del conocimiento de las propias limitaciones y que lleva a obrar sin orgullo. Este valor lleva a la persona a conocer y aceptar la realidad de su vida, sin subestimarse ni creerse superior a los demás. Es la verdad sobre uno mismo.

Humildad no quiere decir “flojera”, falta de carácter o debilidad -pues no se le puede llamar así a la virtud que denota pureza de alma y paz interior-, como tampoco la soberbia es signo de fortaleza.

Recordamos entonces las palabras de Santo Tomás: “La soberbia consiste en el desordenado amor de la propia excelencia”. La soberbia enceguece al hombre, pues no le permite aceptar o ver sus defectos y por eso mismo, no puede corregirlos. El hombre humilde en cambio, cuando detecta una rama torcida, puede enderezarla, aunque le duela.

Los beneficios de la humildad

Covadonga O´Shea, en su libro “En busca de los valores”, hace un interesante análisis en su apartado sobre la humildad. La autora con base en su experiencia, conocimientos y aprendizaje de otras personas, dice que la humildad provee un estado de alerta y de admiración hacia el trabajo de los demás. De igual manera, afirma: “quien tiene una actitud humilde en la vida diaria está siempre abierto a pedir consejo, no porque no nos fiemos de nuestra inteligencia, sino porque tenemos en mucho la de los demás. Otra consecuencia positiva de quien trata de ser humilde es que esta virtud no nos deja creer que hemos llegado a la cumbre en ningún sentido, ni nos ciega hasta el punto de no ver lo mucho que nos queda por recorrer hacia adelante y la ventaja que nos llevan otros”.

Por tanto, la humildad es una vía hacia la felicidad, pues se vive en armonía con los demás, se valora a sí mismo de la misma forma que se valora a quienes le rodean, se experimenta serenidad, tranquilidad y se desarrolla la capacidad de admitir las equivocaciones, se facilita el perdón, hace que la crítica se transforme en una posibilidad de crecimiento, y finalmente, se elimina la presión externa y el miedo a mostrarse como un ser perfecto, lo cual no es posible bajo ningún punto de vista.

La humildad en acción

La humildad va más allá de las palabras. Vivir con humildad es reconocer los propios errores y además comunicárselo a quien fue ofendido. Un ejemplo claro de esto, es cuando los padres de familia se equivocan en cualquier actuar con los hijos, donde es válido y necesario pedirles disculpas, lo que está lejos de ser un declive de autoridad. Este gesto de humildad, además del crecimiento personal que representa, les enseñará a los hijos que aunque los seres humanos se equivocan, tienen derecho a rectificar sus errores, logrando así superar las dificultades sin afectar el cauce natural de la vida.

También se es humilde, cuando en el rol de líderes (dentro de grupos sociales, trabajo, etc.) se aprende de los demás y se reconoce en el otro su valor como ser humano. Asimismo, se reconocen las propias fortalezas pero no se enaltecen aplastando las de los otros.

Claves para estimular la humildad

El libro “Pequeña Guía de los Valores Humanos”, presenta las siguientes claves para no caer en comportamientos que denoten falta de humildad o de modestia:

  • Ser consciente de que se poseen virtudes, pero también defectos, y reconocerlos con total naturalidad sin menospreciarse por ello.
  • Diferenciar una crítica constructiva de un ataque injustificado y no dejarse amedrentar por reproches sin fundamento.
  • Saber qué lugar nos corresponde dentro de la familia, sociedad, etc., e intentar cumplir nuestra misión lo mejor posible sin pretender sustituir a otras personas.
  • Intentar en todo momento mejorar y superarnos sin dejarnos abatir por las adversidades.
  • Mostrar siempre nuestra auténtica cara sin máscaras ni disfraces.
  • Ser laboriosos e insistentes en nuestro intento de mejorar y crecer.
  • Amarnos a nosotros mismos y a quienes nos rodean para perdonarnos y perdonar los errores.
  • Ser delicados y tiernos con el prójimo.
  • Conservar la sencillez y accesibilidad que pueda ganarnos el respeto y cariño de quienes nos rodean.
Fuentes:Libro En busca de los valores, Covadonga O´Shea. Ediciones La Esfera de los Libros. Madrid, 2006.
Libro Pequeña Guía de los Valores Humanos, Leslie Rosen. Ediciones Robinbook. España, 1998.
corazones.org

Más sobre este tema: La virtud de la humildad explicada a los hijos

El Prelado del Opus Dei habla sobre los sacerdotes

PARA SER TESTIGOS DEL EVANGELIO EN EL MUNDO
EL FUTURO DEL AÑO SACERDOTAL


El Año sacerdotal concluyó el pasado 16 de junio. Nos separa un lapso tan breve, que cabe afirmar su actualidad. Por esto, más que proceder a una valoración, miremos las reacciones personales ante lo que la Iglesia ha promovido. ¿Qué ha ocurrido en este Año sacerdotal? ¿Qué impacto ha producido en nosotros, sacerdotes, convocados por el Romano Pontífice a recorrerlo ayudados por la figura de ese ejemplar hermano, san Juan María Vianney?
Estas preguntas reclaman respuestas que cada uno puede darse a sí mismo ante Dios, en la intimidad de su oración. Sin llegar a ese nivel, que trasciende los límites de un artículo, vayamos por un camino menos personalizado, no menos exigente: evocar los objetivos señalados por Benedicto XVI y, desde ahí, sacando consecuencias, orientar el pensamiento hacia el futuro.
“Este año -escribía el Papa en la carta de convocación- desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”. Citaba también unas palabras que repetía con frecuencia el Cura de Ars y que elCatecismo de la Iglesia ha acogido: “el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”. Para comprenderse a sí mismo, el sacerdote no ha de limitarse a considerar su tarea pastoral; ha de ir mucho más allá, hasta llegar a Cristo, en cuya humanidad reverbera todo el vivir trinitario y en quien ese vivir trinitario se abre a los hombres.
Desde ahí se comprende la hondura de otras palabras de san Juan María Vianney, citadas por el Romano Pontífice: el sacerdote “no se entenderá a sí mismo sino en el cielo”. Sólo en el cielo, al advertir el don infinito e inefable de la entrega de Dios al hombre, el sacerdote saboreará su propia y plena realidad. Dios no sólo ha querido comunicarse a los hombres; ha tomado nuestra misma naturaleza en Cristo Jesús; ha instituido la Iglesia y llamado a hombres determinados a quienes, con el sacramento del orden, convierte en sus ministros e instrumentos. La “audacia de Dios”, que “aún conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y de presentarse en su lugar”, que confía en nosotros hasta “abandonarse en nuestras manos”, esa audacia es “la grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio»” (Benedicto XVI, homilía en la clausura del Año sacerdotal).
Con homilías, cartas y alocuciones pontificias, celebraciones, congresos y reuniones de reflexión, jornadas de oración, se han reiterado por el orbe esas grandes verdades, convocando a todos y especialmente a los sacerdotes a una nueva, profunda y gozosa conversión. Porque no se saborea ese exceso de amor divino propio del sacerdocio, sin sentirse personalmente comprometidos a ser –como solía decir san Josemaría Escrivá de Balaguer- “sacerdotes cien por cien” (homilía Sacerdote para la eternidad,13-4-1973).


¿Qué supone esta invitación? Responder a esta pregunta requeriría una larga exposición sobre la teología y la espiritualidad del sacerdocio, pero no resulta aventurado detenerse en tres consideraciones fundamentales:
a) reclama ser conscientes de la dignidad del sacerdocio, del valor y la riqueza que implica esa condición, para que esa realidad impregne la totalidad de la conducta; dote de autenticidad los momentos de la existencia, con la certeza de que, a pesar de nuestra pequeñez, Cristo quiere utilizarnos para comunicar al género humano los frutos de su obra redentora;
b) pide al presbítero identificarse con Cristo, alimentar sus “mismos sentimientos” (cfr. Flp 2, 5), morir a sí mismo para que Él habite en nosotros (cfr. Gal 2, 20): sentirse urgido a ser hombre de Eucaristía, vivir la Santa Misa con la fe de que en cada celebración se perpetúa el sacrificio de Cristo, muerto y resucitado, que viene al encuentro de su Iglesia y del sacerdote, para atraerlos hacía Sí y conducirlos con el Espíritu hasta la intimidad filial con Dios Padre;
c) entraña el afán de servir, cum gaudio en Cristo y por Cristo, a la propia grey, a la Iglesia y a la humanidad, de modo que en su ser, como en el de Jesús, no se dé cabida al egoísmo o a la indiferencia ante las necesidades de los demás. Implica dedicarse con empeño, aunque cueste, a cuanto contribuye al bien de las almas, con una efectiva caridad, en la predicación de la Palabra de Dios y en el sacramento de la reconciliación donde, en nombre y con la autoridad de Cristo, el sacerdote otorga el don divino del perdón.
El Año sacerdotal nos ha situado, en el tiempo y desde el tiempo, ante lo eterno, ante un amor de Dios que no pasa, que no cesa, sino que es siempre joven y activo; con la realidad –feliz, sorprendente, y hondamente verdadera- de que ese amor, visible en Cristo Jesús, trasciende a través de la Iglesia, de cada cristiano y de cada sacerdote. El Año sacerdotal está llamado, sin duda, a producir muchos y variados frutos en la predicación, en la catequesis, en la atención a la liturgia, en los diversos campos de la pastoral, y básicamente en la renovación interior de cada sacerdote, también con el aumento de seminaristas en las diócesis. La “audacia de Dios” de la que habló Benedicto XVI en su homilía del 11 de junio, nos convoca a todos –como señalaba el Romano Pontífice- “esperando nuestro sí”.

+ Javier Echevarría
Prelado del Opus Dei
de opusdei.es

domingo 22 de agosto de 2010

El evangelio produce hechos que cambian la vida

ÁNGELUS DEL PAPA BENEDICTO XVI
Palacio Apostólico de Castelgandolfo
Domingo 8 de Agosto del 2010

“Queridos hermanos y hermanas:
En el evangelio de este domingo, prosigue el discurso de Jesús a los discípulos sobre el valor de la persona a los ojos de Dios y sobre la inutilidad de las preocupaciones terrenas. No se trata de un elogio al desinterés. De hecho escuchando la invitación de Jesús, “No temáispequeño rebaño, porque es decisión de vuestro Padre reinar sobre vosotros” (Lc 12,32), nuestro corazón se abre a una esperanza que ilumina y anima la existencia concreta: tenemos la certeza de que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que podemos saber sino una comunicación que produce hechos que cambian la vida. La puerta obscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive diversamente; porque le ha sido dada una vida nueva (Enc. Spe Salvi, 2). Como leíamos en la Carta a los Hebreos en la Liturgia de hoy, abramos nuestro corazón confiando en la esperanza que Dios nos ha dado: la promesa de una tierra y de una “descendencia numerosa” y parte sin saber donde ir, confidando solo in Dios (cfr 11,8-12). Jesús en el Evangelio de hoy através de tres parábolas ilustra como la espera en el cumplimiento de la beata esperanza debe empujar aún más a una vida intensa, llena de buenas obras: Vende lo que poseas y dalo en limosna; haceos bolsas que no se gastan, un tesoro seguro en los cielos, donde el ladrón no llega ni la polilla consume (Lc 12,33). Es una invitación a usar las cosas sin egoísmo, sin sed de posesión o de dominio, siguiendo la lógica de Dios, que es la lógica de la atención por el otro, la lógica del amor: como escribe sintéticamente Romano Guardini, en la forma de una relación: a partir de Dios, en vista de Dios (Accettare se stessi, Brescia 1992, 44).

A tal propósito, deseo resaltar a algunos Santos que celebraremos esta semana y que edificarons sus propias vidas a partir de Dios y en vista de Dios. Hoy recordamos a Santo Domingo de Guzmán fundador, en el siglo XIII, de la Orden Dominica, que tuvo la misión de instruir a la sociedad de su tiempo sobre la verdadera fe, preparándose con el estuio y la oración. En la misma época Santa Clara de Asís – a quien festejaremos el miércoles – prosiguiendo la obra franciscana, fundó la Orden de las Clarisas. Recordaremos el 10 de agosto al Santo diácono Lorenzo, mártir del siglo III, cuyas reliquias son veneradas en Roma en la Basílica de San Lorenzo extra muros. Por último, conmemoraremos a dos mártires del siglo XX, que compartieron el mismo destino en Auschwitz. El 9 de agosto recordaremos a la santa carmelitana Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, y el 14 de agosto al sacerdote franciscano San Maximiliano Maria Kolbe, fundador de la Milicia de María Inmaculada. Ambos atravesaron el oscuro tiempo de la Segunda Guerra Mundial, sin perder nunca de vista la esperanza, el Dios de la vida y del amor.

Confiamos apoyándonos en el seno materno de la Virgen María, Reina de los Santos que amorosamente comparte nuestro peregrinaje. A Ella dirijimos nuestra oración.

Fuente: opusdeiblogs, aprendiendo a vivir (Kristin)

sábado 14 de agosto de 2010

Homilia de san Josemaría sobre la Asunción de la Virgen (15 agosto)


HOMILÍA: "LA VIRGEN SANTA, CAUSA DE NUESTRA ALEGRIA"
San Josemaría Escrivá
Homilía pronunciada el 15-VIII-1961, fiesta de la Asunción.
Cor Mariae Dulcissimum, iter para tutum; Corazón Dulcísimo de María, da fuerza y seguridad a nuestro camino en la tierra: sé tú misma nuestro camino, porque tú conoces la senda y el atajo cierto que llevan, por tu amor, al amor de Jesucristo.
Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios.

Assumpta est Maria in coelum, gaudent angeli [521] . María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos. Hay alegría entre los ángeles y entre los hombres. ¿Por qué este gozo íntimo que advertimos hoy, con el corazón que parece querer saltar del pecho, con el alma inundada de paz? Porque celebramos la glorificación de nuestra Madre y es natural que sus hijos sintamos un especial júbilo, al ver cómo la honra la Trinidad Beatísima.
Cristo, su Hijo santísimo, nuestro hermano, nos la dio por Madre en el Calvario, cuando dijo a San Juan: he aquí a tu Madre [522] . Y nosotros la recibimos, con el discípulo amado, en aquel momento de inmenso desconsuelo. Santa María nos acogió en el dolor, cuando se cumplió la antigua profecía: y una espada traspasará tu alma [523] . Todos somos sus hijos; ella es Madre de la humanidad entera. Y ahora, la humanidad conmemora su inefable Asunción: María sube a los cielos, hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo, esposa de Dios Espíritu Santo. Más que Ella, sólo Dios.
El misterio de amor
Misterio de amor es éste. La razón humana no alcanza a comprender. Sólo la fe acierta a ilustrar cómo una criatura haya sido elevada a dignidad tan grande, hasta ser el centro amoroso en el que convergen las complacencias de la Trinidad. Sabemos que es un divino secreto. Pero, tratándose de Nuestra Madre, nos sentimos inclinados a entender más –si es posible hablar así– que en otras verdades de fe.
¿Cómo nos habríamos comportado, si hubiésemos podido escoger la madre nuestra? Pienso que hubiésemos elegido a la que tenemos, llenándola de todas las gracias. Eso hizo Cristo: siendo Omnipotente, Sapientísimo y el mismo Amor [524] , su poder realizó todo su querer.
Mirad cómo los cristianos han descubierto, desde hace tiempo, ese razonamiento: convenía –escribe San Juan Damasceno– que aquella que en el parto había conservado íntegra su virginidad, conservase sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Convenía que aquella que había llevado en su seno al Creador hecho niño, habitara en la morada divina. Convenía que la Esposa de Dios entrara en la casa celestial. Convenía que aquellas que había visto a su Hijo en la Cruz, recibiendo así en su corazón el dolor de que había estado libre en el parto, lo contemplase sentado a la diestra del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo que corresponde a su Hijo, y que fuera honrada como Madre y Esclava de Dios por todas las criaturas [525] .
Los teólogos han formulado con frecuencia un argumento semejante, destinado a comprender de algún modo el sentido de ese cúmulo de gracias de que se encuentra revestida María, y que culmina con la Asunción a los cielos. Dicen: convenía, Dios podía hacerlo, luego lo hizo [526] . Es la explicación más clara de por qué el Señor concedió a su Madre, desde el primer instante de su inmaculada concepción, todos los privilegios. Estuvo libre del poder de Satanás; es hermosa –tota pulchra!–, limpia, pura en alma y cuerpo.
El misterio del sacrificio silencioso
Pero, fijaos: si Dios ha querido ensalzar a su Madre, es igualmente cierto que durante su vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe. A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, el Señor responde: bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica [527] . Era el elogio de su Madre, de su fiat [528] , del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada.
Al meditar estas verdades, entendemos un poco más la lógica de Dios; nos damos cuenta de que el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario.
Para ser divinos, para endiosarnos, hemos de empezar siendo muy humanos, viviendo cara a Dios nuestra condición de hombres corrientes, santificando esa aparente pequeñez. Así vivió María. La llena de gracia, la que es objeto de las complacencias de Dios, la que está por encima de los ángeles y de los santos llevó una existencia normal. María es una criatura como nosotros, con un corazón como el nuestro, capaz de gozos y de alegrías, de sufrimientos y de lágrimas. Antes de que Gabriel le comunique el querer de Dios, Nuestra Señora ignora que había sido escogida desde toda la eternidad para ser Madre del Mesías. Se considera a sí misma llena de bajeza [529] : por eso reconoce luego, con profunda humildad, que en Ella ha hecho cosas grandes el que es Todopoderoso [530] .
La pureza, la humildad y la generosidad de María contrastan con nuestra miseria, con nuestro egoísmo. Es razonable que, después de advertir esto, nos sintamos movidos a imitarla; somos criaturas de Dios, como Ella, y basta que nos esforcemos por ser fieles, para que también en nosotros el Señor obre cosas grandes. No será obstáculo nuestra poquedad: porque Dios escoge lo que vale poco, para que así brille mejor la potencia de su amor [531] .
Imitar a María
Nuestra Madre es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria. A lo largo del año, cuando celebramos las fiestas marianas, y en bastantes momentos de cada jornada corriente, los cristianos pensamos muchas veces en la Virgen. Si aprovechamos esos instantes, imaginando cómo se conduciría Nuestra Madre en las tareas que nosotros hemos de realizar, poco a poco iremos aprendiendo: y acabaremos pareciéndonos a Ella, como los hijos se parecen a su madre.
Imitar, en primer lugar, su amor. La caridad no se queda en sentimientos: ha de estar en las palabras, pero sobre todo en las obras. La Virgen no sólo dijo fiat, sino que cumplió en todo momento esa decisión firme e irrevocable. Así nosotros: cuando nos aguijonee el amor de Dios y conozcamos lo que El quiere, debemos comprometernos a ser fieles, leales, y a serlo efectivamente. Porque no todo aquel que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; sino aquel que hace la voluntad de mi Padre celestial [532] .
Hemos de imitar su natural y sobrenatural elegancia. Ella es una criatura privilegiada de la historia de la salvación: en María, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros [533] . Fue testigo delicado, que pasa oculto; no le gustó recibir alabanzas, porque no ambicionó su propia gloria. María asiste a los misterios de la infancia de su Hijo, misterios, si cabe hablar así, normales: a la hora de los grandes milagros y de las aclamaciones de las masas, desaparece. En Jerusalén, cuando Cristo –cabalgando un borriquito– es vitoreado como Rey, no está María. Pero reaparece junto a la Cruz, cuando todos huyen. Este modo de comportarse tiene el sabor, no buscado, de la grandeza, de la profundidad, de la santidad de su alma.
Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra [534] . ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos la libertad de los hijos de Dios [535] .
La escuela de la oración
El Señor os habrá concedido descubrir tantos otros rasgos de la correspondencia fiel de la Santísima Virgen, que por sí solos se presentan invitándonos a tomarlos como modelo: su pureza, su humildad, su reciedumbre, su generosidad, su fidelidad... Yo quisiera hablar de uno que los envuelve todos, porque es el clima del progreso espiritual: la vida de oración.
Para aprovechar la gracia que Nuestra Madre nos trae en el día de hoy, y para secundar en cualquier momento las inspiraciones del Espíritu Santo, pastor de nuestras almas, debemos estar comprometidos seriamente en una actividad de trato con Dios. No podemos escondernos en el anonimato; la vida interior, si no es un encuentro personal con Dios, no existirá. La superficialidad no es cristiana. Admitir la rutina, en nuestra conducta ascética, equivale a firmar la partida de defunción del alma contemplativa. Dios nos busca uno a uno; y hemos de responderle uno a uno: aquí estoy, Señor, porque me has llamado [536] .
Oración, lo sabemos todos, es hablar con Dios; pero quizá alguno pregunte: hablar, ¿de qué? ¿De qué va a ser, sino de las cosas de Dios y de las que llenan nuestra jornada? Del nacimiento de Jesús, de su caminar en este mundo, de su ocultamiento y de su predicación, de sus milagros, de su Pasión Redentora y de su Cruz y de su Resurrección. Y en la presencia del Dios Trino y Uno, poniendo por Medianera a Santa María y por abogado a San José Nuestro Padre y Señor –a quien tanto amo y venero–, hablaremos del trabajo nuestro de todos los días, de la familia, de las relaciones de amistad, de los grandes proyectos y de las pequeñas mezquindades.
El tema de mi oración es el tema de mi vida. Yo hago así. Y a la vista de esta situación mía, surge natural el propósito, determinado y firme, de cambiar, de mejorar, de ser más dócil al amor de Dios. Un propósito sincero, concreto. Y no puede faltar la petición urgente, pero confiada, de que el Espíritu Santo no nos abandone, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza [537] .
Somos cristianos corrientes; trabajamos en profesiones muy diversas; nuestra actividad entera transcurre por los carriles ordinarios; todo se desarrolla con un ritmo previsible. Los días parecen iguales, incluso monótonos... Pues, bien: ese plan, aparentemente tan común, tiene un valor divino; es algo que interesa a Dios, porque Cristo quiere encarnarse en nuestro quehacer, animar desde dentro hasta las acciones más humildes.
Este pensamiento es una realidad sobrenatural, neta, inequívoca; no es una consideración para consuelo, que conforte a los que no lograremos inscribir nuestros nombres en el libro de oro de la historia. A Cristo le interesa ese trabajo que debemos realizar –una y mil veces– en la oficina, en la fábrica, en el taller, en la escuela, en el campo, en el ejercicio de la profesión manual o intelectual: le interesa también el escondido sacrificio que supone el no derramar, en los demás, la hiel del propio mal humor.
Repasad en la oración esos argumentos, tomad ocasión precisamente de ahí para decirle a Jesús que lo adoráis, y estaréis siendo contemplativos en medio del mundo, en el ruido de la calle: en todas partes. Esa es la primera lección, en la escuela del trato con Jesucristo. De esa escuela, María es la mejor maestra, porque la Virgen mantuvo siempre esa actitud de fe, de visión sobrenatural, ante todo lo que sucedía a su alrededor: guardaba todas esas cosas en su corazón ponderándolas [538] .
Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia.

Maestra de apóstoles

Pero no penséis sólo en vosotros mismos: agrandad el corazón hasta abarcar la humanidad entera. Pensad, antes que nada, en quienes os rodean –parientes, amigos, colegas– y ved cómo podéis llevarlos a sentir más hondamente la amistad con Nuestro Señor. Si se trata de personas rectas honradas, capaces de estar habitualmente más cerca de Dios, encomendadlas concretamente a Nuestra Señora. Y pedid también por tantas almas que no conocéis, porque todos los hombres estamos embarcados en la misma barca.
Sed leales, generosos. Formamos parte de un solo cuerpo, del Cuerpo Místico de Cristo, de la Iglesia santa, a la que están llamados muchos que buscan limpiamente la verdad. Por eso tenemos obligación estricta de manifestar a los demás la calidad, la hondura del amor de Cristo. El cristiano no puede ser egoísta; si lo fuera, traicionaría su propia vocación. No es de Cristo la actitud de quienes se contentan con guardar su alma en paz –falsa paz es ésa–, despreocupándose del bien de los otros. Si hemos aceptado la auténtica significación de la vida humana –y se nos ha revelado por la fe–, no cabe que continuemos tranquilos, persuadidos de que nos portamos personalmente bien, si no hacemos de forma práctica y concreta que los demás se acerquen a Dios.
Hay un obstáculo real para el apostolado: el falso respeto, el temor a tocar temas espirituales, porque se sospecha que una conversación así no caerá bien en determinados ambientes, porque existe el riesgo de herir susceptibilidades. ¡Cuántas veces ese razonamiento es la máscara del egoísmo! No se trata de herir a nadie, sino de todo lo contrario: de servir. Aunque seamos personalmente indignos, la gracia de Dios nos convierte en instrumentos para ser útiles a los demás, comunicándoles la buena nueva de que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad [539] .
¿Y será lícito meterse de ese modo en la vida de los demás? Es necesario. Cristo se ha metido en nuestra vida sin pedirnos permiso. Así actuó también con los primeros discípulos: pasando por la ribera del mar de Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: seguidme, y haré que vengáis a ser pescadores de hombres [540] . Cada uno conserva la libertad, la falsa libertad, de responder que no a Dios, como aquel joven cargado de riquezas [541] , de quien nos habla San Lucas. Pero el Señor y nosotros –obedeciéndole: id y enseñad [542] – tenemos el derecho y el deber de hablar de Dios, de este gran tema humano, porque el deseo de Dios es lo más profundo que brota en el corazón del hombre.
Santa María, Regina apostolorum, reina de todos los que suspiran por dar a conocer el amor de tu Hijo: tú que tanto entiendes de nuestras miserias, pide perdón por nuestra vida: por lo que en nosotros podría haber sido fuego y ha sido cenizas; por la luz que dejó de iluminar, por la sal que se volvió insípida. Madre de Dios, omnipotencia suplicante: tráenos, con el perdón, la fuerza para vivir verdaderamente de esperanza y de amor, para poder llevar a los demás la fe de Cristo.
Una única receta: santidad personal
El mejor camino para no perder nunca la audacia apostólica, las hambres eficaces de servir a todos los hombres, no es otro que la plenitud de la vida de fe, de esperanza y de amor; en una palabra, la santidad. No encuentro otra receta más que ésa: santidad personal.
Hoy, en unión con toda la Iglesia, celebramos el triunfo de la Madre, Hija y Esposa de Dios. Y como nos gozábamos en el tiempo de la Pascua de Resurrección del Señor a los tres días de su muerte, ahora nos sentimos alegres porque María, después de acompañar a Jesús desde Belén hasta la Cruz, está junto a El en cuerpo y alma, disfrutando de la gloria por toda la eternidad. Esta es la misteriosa economía divina: Nuestra Señora, hecha partícipe de modo pleno de la obra de nuestra salvación, tenía que seguir de cerca los pasos de su Hijo: la pobreza de Belén, la vida oculta de trabajo ordinario en Nazaret, la manifestación de la divinidad en Caná de Galilea, las afrentas de la Pasión y el Sacrificio divino de la Cruz, la bienaventuranza eterna del Paraíso.
Todo esto nos afecta directamente, porque ese itinerario sobrenatural ha de ser también nuestro camino. María nos muestra que esa senda es hacedera, que es segura. Ella nos ha precedido por la vía de la imitación de Cristo, y la glorificación de Nuestra Madre es la firme esperanza de nuestra propia salvación; por eso la llamamos spes nostra y causa nostrae laetitiae, nuestra esperanza y causa de nuestra felicidad.
No podemos abandonar nunca la confianza de llegar a ser santos, de aceptar las invitaciones de Dios, de ser perseverantes hasta el final. Dios, que ha empezado en nosotros la obra de la santificación, la llevará a cabo [543] . Porque si el Señor está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El, que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo, después de habernos dado a su Hijo, dejará de darnos cualquier otra cosa? [544] .
En esta fiesta, todo convida a la alegría. La firme esperanza en nuestra santificación personal es un don de Dios; pero el hombre no puede permanecer pasivo. Recordad las palabras de Cristo: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, lleve su cruz cada día y sígame [545] . ¿Le veis? La cruz cada día. Nulla dies sine cruce!, ningún día sin Cruz: ninguna jornada, en la que no carguemos con la cruz del Señor, en la que no aceptemos su yugo. Por eso, no he querido tampoco dejar de recordaros que la alegría de la resurrección es consecuencia del dolor de la Cruz.
No temáis, sin embargo, porque el mismo Señor nos ha dicho: venid a mí todos los que andáis agobiados con trabajos, que yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis el reposo para vuestras almas; porque mi yugo es suave y mi carga ligera [546] . Venid –glosa San Juan Crisóstomo–, no para rendir cuentas, sino para ser librados de vuestros pecados; venid, porque yo no tengo necesidad de la gloria que podáis procurarme: tengo necesidad de vuestra salvación... No temáis al oír hablar de yugo, porque es suave; no temáis si hablo de carga, porque es ligera. [547] , 37, 2 (PG 57, 414).
El camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz: no es desgraciado ese camino, porque Cristo mismo nos ayuda y con El no cabe la tristeza. In laetitia, nulla dies sine cruce!, me gusta repetir; con el alma traspasada de alegría, ningún día sin Cruz.
La alegría cristiana
Recojamos de nuevo el tema que nos propone la Iglesia: María ha subido a los cielos en cuerpo y alma, ¡los ángeles se alborozan! Pienso también en el júbilo de San José, su Esposo castísimo, que la aguardaba en el paraíso. Pero volvamos a la tierra. La fe nos confirma que aquí abajo, en la vida presente, estamos en tiempo de peregrinación, de viaje; no faltarán los sacrificios, el dolor, las privaciones. Sin embargo, la alegría ha de ser siempre el contrapunto del camino.
Servid al Señor, con alegría [548] : no hay otro modo de servirle. Dios ama al que da con alegría [549] , al que se entrega por entero en un sacrificio gustoso, porque no existe motivo alguno que justifique el desconsuelo.
Quizá estimaréis que este optimismo parece excesivo, porque todos los hombres conocen sus insuficiencias y sus fracasos, experimentan el sufrimiento, el cansancio, la ingratitud, quizá el odio. Los cristianos, si somos iguales a los demás, ¿cómo podemos estar exentos de esas constantes de la condición humana?
Sería ingenuo negar la reiterada presencia del dolor y del desánimo, de la tristeza y de la soledad, durante la peregrinación nuestra en este suelo. Por la fe hemos aprendido con seguridad que todo eso no es producto del acaso, que el destino de la criatura no es caminar hacia la aniquilación de sus deseos de felicidad. La fe nos enseña que todo tiene un sentido divino, porque es propio de la entraña misma de la llamada que nos lleva a la casa del Padre. No simplifica, este entendimiento sobrenatural de la existencia terrena del cristiano, la complejidad humana; pero asegura al hombre que esa complejidad puede estar atravesada por el nervio del amor de Dios, por el cable, fuerte e indestructible, que enlaza la vida en la tierra con la vida definitiva en la Patria.
La fiesta de la Asunción de Nuestra Señora nos propone la realidad de esa esperanza gozosa. Somos aún peregrinos, pero Nuestra Madre nos ha precedido y nos señala ya el término del sendero: nos repite que es posible llegar y que, si somos fieles, llegaremos. Porque la Santísima Virgen no sólo es nuestro ejemplo: es auxilio de los cristianos. Y ante nuestra petición –Monstra te esse Matrem [550] –, no sabe ni quiere negarse a cuidar de sus hijos con solicitud maternal.
La alegría es un bien cristiano. Unicamente se oculta con la ofensa a Dios: porque el pecado es producto del egoísmo, y el egoísmo es causa de la tristeza. Aún entonces, esa alegría permanece en el rescoldo del alma, porque nos consta que Dios y su Madre no se olvidan nunca de los hombres. Si nos arrepentimos, si brota de nuestro corazón un acto de dolor, si nos purificamos en el santo sacramento de la Penitencia, Dios sale a nuestro encuentro y nos perdona; y ya no hay tristeza: es muy justo recocijarse porque tu hermano había muerto y ha resucitado; estaba perdido y ha sido hallado [551] .
Esas palabras recogen el final maravilloso de la parábola del hijo pródigo, que nunca nos cansaremos de meditar: he aquí que el Padre viene a tu encuentro; se inclinará sobre tu espalda, te dará un beso prenda de amor y de ternura; hará que te entreguen un vestido, un anillo, calzado. Tú temes todavía una reprensión, y él te devuelve tu dignidad; temes un castigo, y te da un beso; tienes miedo de una palabra airada, y prepara para ti un banquete [552] .
El amor de Dios es insondable. Si procede así con el que le ha ofendido, ¿qué hará para honrar a su Madre, inmaculada, Virgo fidelis, Virgen Santísima, siempre fiel?
Si el amor de Dios se muestra tan grande cuando la cabida del corazón humano –traidor, con frecuencia– es tan poca, ¿qué será en el Corazón de María, que nunca puso el más mínimo obstáculo a la Voluntad de Dios?
Ved cómo la liturgia de la fiesta se hace eco de la imposibilidad de entender la misericordia infinita del Señor, con razonamientos humanos; más que explicar, canta; hiere la imaginación, para que cada uno ponga su entusiasmo en la alabanza. Porque todos nos quedaremos cortos: apareció un gran prodigio en el cielo: una mujer, vestida de sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas [553] . El rey se ha enamorado de tu belleza. ¡Cómo resplandece la hija del rey, con su vestido tejido en oro! [554] .
La liturgia terminará con unas palabras de María, en las que la mayor humildad se conjuga con la mayor gloria: me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas aquel que es todopoderoso [555] .
Cor Mariae Dulcissimum, iter para tutum; Corazón Dulcísimo de María, da fuerza y seguridad a nuestro camino en la tierra: sé tú misma nuestro camino, porque tú conoces la senda y el atajo cierto que llevan, por tu amor, al amor de Jesucristo.

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[521] Antifona de las Visperas de la fiesta de la Asunción.
[522] Ioh XIX, 27.
[523] Lc II, 35.
[524] Deus caritas est (Dios es amor, 1 Ioh IV, 8).
[525] S. Juan Damasceno, Homilia II in dormitionem B. V. Mariae, 14 (PG 96, 742).
[526] Cfr. Juan Duns Scoto, In III Sententiarum, dist. III, q. 1.
[527] Lc XI, 27-28.
[528] Lc I, 38.
[529] Cfr. Lc I, 48.
[530] Lc I, 49.
[531] Cfr. 1 Cor I, 27-29.
[532] Mt VII, 21.
[533] Ioh I, 14.
[534] Lc I, 38.
[535] Cfr. Rom VIII, 21.
[536] 1 Reg III, 5.
[537] Ps XLII, 2.
[538] Lc II, 51.
[539] 1 Tim II, 4.
[540] Mc I, 16-17.
[541] Cfr. Lc XVIII, 23.
[542] Cfr. Mc XVI, 15.
[543] Cfr. Phil I, 6.
[544] Rom VIII, 31–32.
[545] Lc IX, 23.
[546] Mt XI, 28–30.
[547] S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum homiliae
[548] Ps XCIX, 2.
[549] 2 Cor IX, 7.
[550] Himno litúrgico Ave maris stella.
[551] Lc XV, 32.
[552] S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, 7 (PL 15, 1540).
[553] Apoc XII, 1.
[554] Ps XLIV, 12–14.
[555] Lc I, 48-49.
Homilía extraída del sitio http://www.escrivaworks.org